April 10th, 2011

Fuet.

Os podría contar algo realmente profundo pero es que yo lo que quiero realmente es comerme un fuet. Entero. Cortarle los dos extremos, meterlo tal cual en una baguette calentita y comérmelo así a palo seco viendo un capítulo repetido de Entre Fantasmas o algo todavía peor.

Pero no puedo, porque estoy embarazada de siete meses y al parecer mi objeto del deseo contiene miasmas y ‘bazterias’ que podrían causar que mi hijo nonato se convirtiera como poco en un remedo de John Merrick, lo cual me dejaría a mí como madre a la altura de Gaddafi y al resto del mundo en la posición de poder decirme “Te lo dije”. Y no queremos eso.

Tampoco es que pueda conseguir un fuet así tan fácilmente. Vivir en Londres significa que puedes bajar a la tienda de la esquina y conseguir 178 tipos de curry en polvo distintos un domingo a las 11 de la noche, pero un fuet es más complicado. Tendría que tirar de contactos, hacer virguerías, coger varios métodos de transporte, soltar la panoja. No es plan.

Lo dejaré apuntado en la lista de cosas que pienso hacer cuando suelte la mercancía. Junto al queso brie, la cerveza y… no puedo ni escribirlo… el jamón serrano.